Remedios extendiendo su mano arrugada hacia la guardia.

Publicado por Kinkillero el

—Dame el teléfono, niña —susurró La Patrona.

Valeria obedeció al instante. Cayó de rodillas sobre el frío suelo de concreto de la celda, entregándole el dispositivo como un súbdito aterrorizado ofreciendo un tributo a su verdugo. Su porra de acero rodó inútilmente por el suelo.

Remedios se llevó el teléfono al oído, sin apartar sus fríos ojos grises de la guardia arrodillada.

—El pago está confirmado, Directora —dijo la anciana, con una frialdad quirúrgica—. Tu familia volverá a casa antes del amanecer. Pero tenemos un pequeño inconveniente en el Bloque de Máxima Seguridad. La oficial Valeria Cruz acaba de faltarme al respeto.

Valeria juntó las manos, sollozando silenciosamente, rogando piedad con la mirada, sabiendo que su placa, su uniforme y su crueldad no valían absolutamente nada en ese nivel de poder.

—No se preocupe, Patrona —respondió el Director General al otro lado de la línea, sin dudar un solo segundo en sacrificar a su empleada—. La cruz oficial acaba de ser reasignada. A partir de este momento, ella ya no es una guardia de esta penitenciaría. Es una reclusa del pabellón de población general. Haré que destruyan sus registros como custodia ahora mismo. Haga con ella lo que desee.

La llamada se cortó con un pitido seco.

Remedios volvió a colocar el teléfono en el hueco perfecto de las hojas talladas y cerró la pesada cubierta de cuero negro de la Biblia. El sonido del libro cerrándose fue como la puerta de un sarcófago sellando el destino de Valeria.

—Siempre he odiado el ruido en las madrugadas —susurró Remedios, mirando a la mujer destruida a sus pies—. Quítate ese uniforme, Valeria. Dóblalo en la esquina. Y siéntate en el suelo en completo silencio hasta que vengan a buscarte.

La guardia, llorando lágrimas de puro terror y arrepentimiento, obedeció sin emitir un solo sonido.

Esa noche, los pasillos de la penitenciaría aprendieron una lección macabra y absoluta: el verdadero poder nunca necesita alardear, ni usar placas, ni golpear los barrotes para infundir miedo. A veces, las reinas más letales y aterradoras del inframundo visten ropa desgastada, peinan canas y esperan pacientemente en las sombras de las celdas, ocultando su imperio dentro de las páginas del libro más inofensivo del mundo.


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